lunes 1 de octubre de 2007

LA VOZ DEL SILENCIO

Miraba aquellos niños con mucha ternura, mientras ellos pedían que les relate una historia. Ana, mujer de largos cabellos negros y mirada triste, entonces se acomodaba entre los cojines y abrazando a la más pequeña empezaba su relato. Las historias casi siempre eran las mismas y las preguntas también. Los niños formaron una bulliciosa cadena alrededor de ella y atentos esperaban el inicio del relato. Ana, llevándose el índice a sus labios y haciendo un ademán de silencio, empezaba con el clásico: “Había una vez…”

Cuando terminó de hablar todos estaban atónitos, nadie se atrevía interrumpir la solemne quietud que reinaba en el ambiente. Pasaron unos segundos que eran como una eternidad, hasta que llegaron las preguntas.

- ¿Por qué el agua del Mar Rojo se detuvo?, interrogó Abigail con su mirada vivaracha, mientras se arreglaba sus rubias trenzas.
- Es que Dios tenía un plan con el pueblo, contestó Ana, sonriendo y acariciando el rostro de la pequeña.
- ¿También hay un plan para nosotros?, preguntó Miguel, quien tenía una rama de olivo en la mano.
- Claro, siempre hay un plan para la vida de cada persona, dijo Ana colocando su mano sobre la cabeza del muchacho, quien se quedó pensativo por unos segundos. Luego se levantó para irse, pero antes besó la mejilla de Ana. Todos hicieron lo mismo, tal como ocurría en Ramá, ciudad donde vivían.

Se fueron con la promesa de regresar pronto y escuchar otra historia, pero Ana, aún sentada sobre los cojines se dejó caer sobre ellos y miró fijamente el tul rojo que servía de cortina en la entrada de la tienda que había levantado en Silo, su marido Elcana. Ellos habían ido a ese lugar para ofrecer sacrificios a su Dios.

El viento jugaba con el tul llevándolo hasta rozar casi las cuerdas que sostenían el techo y Ana mirada el vaivén de la fina tela en la puerta de la tienda. Sentía en su rostro la arenilla que traía el viento del desierto, mientras por su mente pasaban un sinnúmero de pensamientos sin respuesta alguna. Recordaba la frase dicha a Miguel, “siempre hay un plan para la vida de cada persona”.

Luego de permanecer en ese estado unos minutos, se levantó para cerrar la tienda, pero vio en la puerta de la otra tienda a Penina, la concubina de su esposo y madre de Miguel. Pero antes de volverse ya había recibido esa mirada penetrante y hasta soberbia de su inusual contrincante. Ella sabía que estaba en desventaja porque no tenía hijos como los tres varones que Penina le había dado a Elcana. Al igual que sus historias, ella también se preguntaba acerca de los planes de Dios para su vida. Su ocasional rival siempre la irritaba, haciéndola enojar y entristeciéndola por no tener hijos. Sabía que en su familia la esterilidad era casi una herencia para las mujeres y eso para sus vecinos hebreos era un castigo del Altísimo. Esa concepción la deprimía porque por más que se esforzaba en hacer lo correcto, pesaba sobre ella la creencia popular de ser una mujer castigada por un delito que no había cometido.

Cuando llegó el viernes, día de la liturgia que su esposo debía presentar, ella también ingresó al templo para orar y lo hizo con amargura del alma. Lloró mucho e hizo una plegaria al Altísimo, hablando para sí misma y sólo moviendo los labios, sin darse cuenta que Elí, el sumo sacerdote la estaba observando con atención. Ella ensimismada en sus pensamientos, lloró amargamente y prometió a su Dios que sí él le concediera un hijo se lo dedicaría exclusivamente para su servicio. Puso a prueba su amor de futura madre, pero entendía también el valor de una promesa. En su mente se imaginaba al niño jugando en su regazo y contándoles nuevas historias para que se duerma. Pero sólo soñaba despierta.

El sacerdote Elí, ajeno al dolor de aquella mujer, se acercó presuroso y la regañó.
- ¿Hasta cuándo estarás ebria? ¿No sábes que estás en la casa de Dios?

Ana sorprendida, balbuceó y sólo atinó a decir: “Perdóname señor, no estoy ebria. Sólo soy una mujer atribulada de espíritu y he derramado mi alma delante de mi Dios”. La pregunta fue tan directa que no tuvo tiempo de reaccionar cómo lo hubiese deseado.

Ante la respuesta clamorosa de Ana, el viejo sacerdote no supo qué responder, simplemente se alejó sin fisgonear, sin antes volverla a mirar y decirle: “Ve en paz y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho”.
Un año después nació Samuel, quien fuera considerado el profeta más grande que tuvo Israel cuando no tenían autoridad gubernamental.

lunes 23 de julio de 2007

EL VIEJO Y EL REY

Su delito era notorio y había sido descubierto. Nada se podía hacer, sólo esperar las funestas consecuencias y sufrir las penalidades ante su pueblo. Postrado en el suelo lloraba como niño, con la misma intensidad cuando perdió a su madre, aquella noble judía de manos tiernas y mirada dulce. Su autoridad no podía relevarle de tamaña responsabilidad, por el contrario, sus hechos hablaban más fuerte que sus palabras. La vergüenza dolía más que mil batallas perdidas.

El viejo lo miraba con amargura, pero también con temor. El había originado esa situación y sus palabras no significaban nada en esas circunstancias. Era la primera vez que veía llorar al hombre más poderoso de la tierra. Soldados y esclavos estaban escandalizados y miraban de reojo al anciano esperando cumplir en cualquier momento la orden. Tal vez, el mismo esperaba el fin de sus días, siendo este incidente el boleto que lo lleve a la eternidad. Sólo esperaba la sentencia fatal y estaba dispuesto aceptarla. Tampoco tenía otra alternativa. Más de una vez había presenciado la muerte de otros súbditos y esperaba sólo la orden final del monarca.

Estaba tranquilo y sus cabellos blancos reflejaban los años vividos al servicio de su gente. Considerado como un guía, todo el pueblo aceptaba sus consejos, pero también sus exhortaciones. Su vida pasó en esos instantes como una película en su mente. Recordó al padre del rey, a quien conocía desde la infancia en sus trabajos como granjero. También vino a su memoria aquel memorable día cuando el monarca le consultó acerca de la construcción de un templo, tarea que nunca edificó. Ahí estaba el anciano, esperando su suerte de acuerdo al capricho del soberano, a quien conocía perfectamente.

Transcurrieron algunos minutos que parecían siglos de espera. El joven monarca, demacrado y con los ojos hinchados, experimentaba su propia batalla. Como hombre de Estado sabía que había fallado. El rey, levantándose y pidiendo piedad por sus hechos, reconoció sus faltas con mucho dolor. El viejo comprendió entonces, una vez más, que el control de la vida, circunstancias y acciones estaba en manos del Sempiterno. Además, él había sido el instrumento para que el dignatario reconociera que había asesinado a un hombre para quedarse con su esposa.

Efectivamente, el mandatario había dado la orden de enviar al capitán Urías al frente de la batalla cuando se enteró que su esposa Betsabé estaba embarazada no del militar, sino de él mismo. Sus orgías nocturnas cosechaban sus primeros frutos.

El viejo conocía perfectamente al hijo del granjero. Lo había visto crecer y también había participado en su coronación. Era su consejero espiritual y tenía gran estima por él, pero no podía aceptar los abusos del soberano, menos aún, acciones que perjudicaban a personas decentes. Sabía que su Dios le había encomendado esa tarea y comprendía también que el rey estaba arrepentido de su conducta inmoral.

Comprendió que la vida también tiene sus bemoles y que aún los más fuertes y encumbrados caen en sus propias redes. La vida del soberano no era ajena a la suya. Sus 85 años revelaban experiencias vividas y compartidas. Sabía que los hombres tienen limitaciones y tentaciones. Más de una vez había comentado el antiguo adagio “todo lo que el hombre sembrare, eso también cosechará”. Ahora era testigo de una experiencia más.
Cuando supo que no moriría, el viejo se encargó de animar al joven soberano y poniendo su mano en su hombro le dijo que por muy oscura que sea la noche, siempre habrá un amanecer. El rey aprendió la lección y fue considerado con los años como un hombre conforme al corazón de Dios. Se dedicó a escribir poemas y reinó con justicia a favor de su pueblo. El viejo y el rey comprendieron que en la vida todo tiene solución, aún los dolores más profundos de la humanidad siempre tendrán un remedio cuando se reconoce que simple y llanamente somos barro en las manos del Creador. El viejo pasó a la historia como el gran profeta Natán y el rey como el padre de otro monarca, Salomón.

lunes 30 de abril de 2007

MARTA FUE SU NOMBRE

Cuando despertó no tuvo noción del tiempo. Sólo sabía que debería huir. ¿Qué tiempo estuvo sin conocimiento? Ella lo ignoraba, pero sintió un profundo dolor en la cara. Fue en ese momento cuando recordó algo y levantándose con dificultad del suelo caminó hacia el baño, y mirándose en el espejo, lloró amargamente. Su rostro reflejaba el dolor, pero no de los golpes que había recibido, sino de aquellos que deja el tiempo cuando duele el alma.

En sus años juveniles, ella había participado en varios concursos de belleza en su pueblo natal, aquel paraíso ubicado en las extensas llanuras de Córdoba. Su belleza la había ayudado a viajar por diversos pueblos y ciudades colombianas, e incluso, hizo varios viajes a la selva peruana. En uno de ellos conoció a Raúl, hombre mayor que se presentó como asistente de la policía limeña que estaba de vacaciones por esos lugares.

Marta estudiaba en la Universidad San Javier y ahora quería conocer Lima, la republicana ciudad que mucho se parecía a Cartagena de Indias que también fue fundada por los españoles. También quería visitar el legendario santuario cusqueño de Machu Picchu, una de las maravillas del mundo antiguo construído por los incas. Vivía ilusionada del Perú y contaba las horas que faltaban para terminar sus estudios universitarios de turismo y encontrarse con aquel galán que había conocido en la cuenca del Huallaga, cuando ella representaba a la belleza colombiana.

Cuando llegó al Perú se quedó impacta por la variedad gastronómica, míticas playas y santuarios arqueológicos. Decidió escribir sobre ellos, razón por la cual se quedó más tiempo de lo previsto. Raúl la había llevado a disfrutar de las noches musicales de Barranco, del exquisito vino Tacama y de los fugaces viajes de fines de semana.

Con el tiempo decidió radicar en el Perú y hacer una vida de familia con el hombre que había conocido en el Huallaga. Además, Raúl tenía éxitos en los nuevos negocios que tenía precisamente en esa zona y que casi nunca le gustaba hablar del mismo, porque como él mismo decía, trabajar en el Servicio de Inteligencia significaba tener discreción en todo y para con todos.

Su casa en Lima se convirtió en un museo. Había artesanías de casi todo el país, que acompañados de los libros, reflejaban la vocación cultural de Marta. Al principio todo fue color de rosa, pero con el tiempo las cosas se tornaron difíciles. Los negocios exigían mayor ausencia de Raúl, quien sólo pasaba dos o tres días al mes con ella. Las exigencias de ella se hicieron notorias y fue el tema principal de sus frecuentes discusiones. Cierta ocasión recibió una bofetada y luego otras tantas. No había familia a quien recurrir.

Con el tiempo, Raúl decidió quedarse en Lima por una temporada para atender algunos asuntos. Ella ya no preguntaba qué tipo de negocios eran. Sólo sabía que estaban vinculados con el Servicio de Inteligencia. Algunas noches observaba a su esposo pensativo y hasta agresivo desde que llegaba a casa. Esa agresividad se incrementó cuando los periódicos comenzaron a denunciar violaciones de derechos humanos y asesinatos de estudiantes. Ella sospechaba algo, pero no se atrevía a preguntar por miedo a la violencia de su cónyuge. Casi siempre recibía como respuesta cuando insinuaba alguna preocupación: “tú eres extranjera, no sabes lo que pasa en mi país”.

En cierta ocasión decidió encontrar respuestas a sus preguntas mientras revisaba las cosas de Raúl. Sólo encontró nombres, teléfonos, direcciones y fotos. También algunas cuentas bancarias. Cuando llegó su esposo preguntó pero no hubo respuestas. Sólo recibió amenazas y varios golpes que la dejaron inconsciente.

Ahora frente al espejo recordaba su vida. Le vino a la memoria aquel paraíso colombiano de Córdoba y los concursos de belleza de su juventud. También de las artesanías y los libros que compró y que nunca escribió.

El 30 de octubre de 1995, en unos lejanos parajes de Aucallama, en la sierra limeña de Huaral, varios campesinos encontraron el cadáver de una mujer de unos 34 años aproximadamente. Nadie supo su nombre, tampoco nadie lloró. Sólo alguien leyendo el periódico al día siguiente, murmuró para sí mismo: “Marta fue su nombre”. (2007).

sábado 31 de marzo de 2007

EL VIAJE DE ALMUDENA

Cuando terminó de leer aquel párrafo sintió agudas punzadas en el corazón. Aunque sin saber porqué tuvo temor, mientras un dolor profundo e intermitente lo impulsó tocarse el pecho con ambas manos, estrujando con violencia la carta. Caminó lentamente unos minutos y se sentó en una de las viejas bancas de la Plaza Grau que mostraban aún los tradicionales colores azul y blanco de la Marina de Guerra.

Después que se disipó el dolor su mirada estaba clavada en el horizonte. Sus ojos buscaban esa línea imaginaria que une el cielo con el mar, pero su mente estaba en el párrafo de aquella misiva que recibió ese día en la mañana. Recién la leía en la tranquilidad de la tarde y complicidad de la soledad.

Efectivamente, era una fría mañana de otoño como suelen ser los días grises en el Callao. La temporada de regatas llegaba a su culminación y Gabriel como buen deportista había participado varias veces ganando algunos trofeos que su padre, don Justiniano, exhibía soberbiamente en el hall de su agencia de aduanas.

Releyó la carta y buscó entre letras, frases y oraciones algunas respuestas a sus interrogantes. Pensó en lo que haría luego y cómo salir del embrollo. Todo había pasado tan rápido que su capacidad de reacción fue tardía.

Se imaginaba verla en cada mujer que cruzaba el parque, hasta podría escuchar aquella sonrisa inocente que muchas veces calmó sus temores de hombre casado. Su mente era una fábrica de pensamientos, reflexiones y hasta lamentos. Sentado frente al mar permaneció inmóvil. La recordaba con sus largos cabellos negros, gafas redondas de carey, delgada y estatura mediana. Mentalmente percibía aún su perfume, el Chanel N° 5 que ella había comprado en Burdeos, cuando quiso conocer París y sólo llegó a la casa hospedaje del 24 – Rue Capitaine Chalvidan en Burdeos, al sur de Francia.

Una pegajosa brisa impregnaba su curtido rostro, mientras él seguía mirando aquel horizonte donde muchas veces casi lo había alcanzado con el “Escorpión”, el viejo yate de su padre. Desde niño lo acompañaba siempre en las largas jornadas marinas. Estaba familiarizado con el mar y adolescente aún, soñaba con vestir el blanco uniforme de los cadetes de la escuela naval. Lamentablemente, por su carácter, desidia y visión de la vida nunca alcanzó esa meta.

Recordó la primera vez que estuvieron juntos en esa embarcación cuando pasaron por “el camotal”, entre los islotes cerca de San Lorenzo. Le mostró que bajo esas aguas se escondía la vieja ciudad que según los habitantes del puerto fue destruida y hundida por el gran terremoto ocurrido el 28 de octubre de 1746 a las 10:20 de la noche. En esa época no había islas, todo era tierra firme. Se acordó que ella, fascinada por el relato, intentaba ver en las azules aguas del océano el campanario de la antigua iglesia matriz. Se dice que cuando la marea baja, emerge ante el asombro de los pescadores la antigua ciudad porteña. Hay quienes afirman haber visto a las míticas sirenas entrar y salir de los viejos solares que los españoles construyeron para sus amantes mientras ellos vivían con sus familias en la ciudad de Lima.

Volvió a leer aquel párrafo y moviendo la cabeza suspiró. Soltó entonces una sonrisa forzada, más que risueña, una mueca torpe y sin gracia. Guardó la carta en el bolsillo interno de su casaca al percatarse que una temprana llovizna anunciaba la llegada de la noche. Un escalofrío recorrió su cuerpo y sólo se limitó a gesticular una mueca que denotaba amargura.

Estuvo sentado una hora o tal vez cinco. Eso no interesa. Ante tales circunstancias el tiempo no puede registrarse. Era lo mismo algunos minutos que un par de horas. En realidad no había casi nada por hacer. Todo estaba consumado, aunque en su interior se resistía aceptar ese sentimiento. Quería llorar, gritar, golpear, pero nada hizo. Sólo pensaba y seguía mirando al mar como si las respuestas estarían entre las olas que reventaban contra las piedras.

La recordaba en todas sus facetas. Se acordó de aquel libro que recibió de regalo: “Art del Arxiu Nacional de Catalunya”. Como no sabía catalán, ella le tradujo los textos. Fue su musa en los campos de la literatura y el arte. Todo lo que sabía ahora de arquitectura, escultura y pintura se lo debía a ella. Cuantas galerías de arte habían recorrido en Lima, incluso, ahora que ella ya no estaba, continuaba visitando algunas muestras de artistas plásticos.

Su apreciación hacia la religión cambió cuando escuchó que los monjes de la Abadía de Montserrat fueron y son celosos custodios de las artes y letras de la región de Cataluña, cerca de la frontera con Francia. Efectivamente, él había estado en varios monasterios y conventos de clausura, ahora abiertos al público. Como buen admirador del acervo cultural escuchaba atentamente lo que ella le enseñaba.

Almudena, como toda catalana criada a la antigua, poseía virtudes fáciles de reconocer. Una de ellas era, precisamente, el multifacético nivel cultural que tenía. Conocía de artes y letras tanto como él. Más aún, escribía un libro sobre la influencia de Antoni Gaudí en las construcciones de origen ibérico en América Latina. Gabriel aprendió mucho de Gaudí, el maestro de la luz que construyó la monumental iglesia “La Sagrada Familia” en Barcelona. Almudena sabía todo lo que el catalán había imaginado y construido adelantándose a su tiempo. Sabía la historia de la Casa Vicens y todo lo que significó la finca, palacio, parque e iglesia Guell.

Gabriel quedó maravillado cuando Almudena le explicó cada detalle de la Casa Milá, “La Pedrera” del Paseo de Gracia. Estaba fascinado cuando cenó en la Casa Batlló y cuando visitó el Colegio de las Teresianas y la Finca Miralles. Ella le enseñó todo sobre la obra de Antoni Gaudí.

¡Qué Mujer! Lo que siempre había soñado. Alguien que compartiera sus ideales, sus sueños y hasta sus pasiones. Más de una vez se había dicho a sí mismo que era la mujer perfecta. Pero todo cambió con ese párrafo. ¡Qué ironía del destino! El, que se consideraba seguro en todo, ahora pasaba por momentos difíciles. Sin embargo, seguía pensando que ella era una gran mujer.

Detestaba a las frívolas que de espectáculos sabían todo pero nunca habían leído el Quijote de la Mancha. Huía de las caras bonitas, de las candidatas a “mises”, de aquellas que no sostenían ni dos minutos de conversación sobre la realidad nacional pero que estaban dispuestas a disputar el cetro de un concurso de belleza. Aunque admiraba un buen trasero, creía que la mujer pensante estaba por encima de un escultural cuerpo y hermoso parecer, pero si tenían ambas cualidades, mejor. Prefirió siempre a las mujeres intelectuales. Así era Almudena.

A diferencia de su padre era radical en sus convicciones. En sus años estudiantiles siempre criticó a las mujeres que se encerraban en cuatro paredes: cocina, iglesia, modas e hijos. Sobre este tema había discutido más de una vez con don Justiniano, a quien criticaba por ser muy conservador con las mujeres. Por lo contrario, el decía que era liberal. Afirmaba que las mujeres deben realizarse en la vida. Solía decir siempre: “una mujer es un corazón pensante”. Por esa razón, Almudena encajaba en sus pensamientos y tal vez formaba parte ya de su vida.

Sin embargo, lo que más le incomodaba era que ante las circunstancias que vivía no podía salir airoso como en anteriores ocasiones. Esta vez todo cambió. Ese párrafo enajenaba su mente. Estaba tan perturbado que aún el olor marino le molestaba. Hasta su conciencia le incriminaba y lo sentenciaba: “Todo lo que se siembra se cosecha”. Aunque intentaba ser indiferente, su concepción religiosa lo maniataba. Sabía que algo andaba mal a pesar de su felicidad. ¡Qué paradoja!

¿Acaso no fueron hermosos los días junto a ella? ¿Podría negar que admiró el arte en todo su esplendor cuando estaba frente a su cuerpo desnudo? Estaba convencido que Almudena era una diosa del Olimpo, una musa romana o un ángel caído. Estaba totalmente enamorado de ella. Sin admitirlo, sus pensamientos estaban en ella. Cataluña lo había fascinado, el arte lo había embrujado y Almudena lo había poseído.

En los últimos ocho meses de su vida hasta su carácter cambió. Todos notaron esa transformación. De ser una persona hosca e introvertida pasó a ser alegre y comunicativo. Aún su esposa ponderó la nueva conducta. Atribuían el hecho al viaje que realizó meses antes a España para estudiar un curso sobre comportamiento conductual. La más satisfecha era su esposa.

- “Es más amable y optimista” comentó un día, mientras miraba un programa de farándula en la televisión.

El seguía frente al mar. Mientras transcurrían los minutos Gabriel se levantó de la banca, arregló su casaca subiendo el cierre hasta el cuello y metió sus manos en los bolsillos. Caminó hacia el embarcadero y quedó mirando fijamente las aguas. La marea había subido algunos centímetros de tal manera que la parte baja del embarcadero estaba inundada. Eso ocurría siempre en el Callao.

Creyó ver en las aguas la imagen de una mujer que se distorsionaba con las olas que golpeaban la playa. Recordó aquella tarde de verano cuando juntos se bañaron en Cantolao. Antes lo habían hecho en la playa de arena del Mediterráneo, en el puerto de Barcelona.

En Cantolao participó en varias regatas siendo premio mayor no el trofeo que podría haber ganado, sino las caricias y ternuras de una noche de verano. Cuántas veces se había quedado dormido en sus tiernos senos cubriéndose la cara con el largo cabello azabache, soñando tal vez con las musas gitanas de sus lecturas andaluzas o escuchando el “vals de las flores” del Cascanueces o el Lago de los Cisnes de Peter Ilich Tchaikovski.

¿Acaso sus problemas no tenían solución? Tenía fama de “conquistador”, virtud o defecto que lo habían metido en muchos problemas.

Sin embargo, ahora una carta trocó el escenario y quizá su viva también. Las palabras de ese párrafo estaban grabadas en su mente. No entendía el mensaje o tal vez se resistía a creerlo. Enmudeció internamente y cerraba de vez en cuando los ojos. Su rostro desencajado revelaba una lucha interna, titánica y feroz.

Seguía buscando entre el océano respuestas a sus preguntas. Estaba tan ensimismado que no se daba cuenta de lo que ocurría a su alrededor hasta que un sonido lo hizo volver a la realidad.

- ¿Aló? … ah, eres tú … ya, ya voy, no te preocupes … okey, okey, chau.

Prendió un cigarrillo y decidió retirarse. Sin embargo, al aspirar el humo, la recordó con un puro en la boca. Fue aquella vez en el cine Porteño cuando casi se atora. Eran unos habanos que había tomado de la oficina de su padre, por cierto con la complicidad de Nela, la secretaria. Travesuras que aún de adulto seguía haciéndolas. Esta vez no hizo una mueca torpe, sino sonrió recordándola bajo el humo del puro.

Almudena motivaba su vida que ahora tenía nuevos bríos. Más de una vez hablaron de política, deportes, economía, artes y letras, incluso de vinos. Los ancestros de ella fueron productores de diversas cosechas de vinos, así como excelentes catadores como lo era ella misma. El jerez y la cava no solamente eran temas de conversación, sino también de degustación. No obstante, ambos preferían el tinto de La Rioja.

Ella se inclinaba por Dalí y Miró, él por Picasso. Ambos admiraban la grandeza de Gaudí y gozaban con los goles del Real Madrid y Universitario de Deportes. Eso los unía, la pasión por el arte y el deporte. Parafraseando a Goya, cuántas veces él le había dicho en la intimidad: “Eres mi maja desnuda”. En música ni hablar, tenían casi los mismos gustos. Para meditar estaban Bach, Strauss y Vivaldi. Para alegrarse preferían a Lennon, Sinatra o el jazz de Amstrong.

El le había confesado que de niño estaba enamorado de Ava Gardner, ella en represalia le comentó que le gustaba Tom Cruise. Ambos eran cultores del buen cine, aunque ella prefería las películas dirigidas por Pedro de Almodóvar.

Más de una vez, al ver el cuerpo desnudo de Almudena, creyó ver en ella las siluetas de Jessica Lange, Cindy Crawford o Brooke Shields. Pensó, incluso que era un afortunado en la vida. Una diosa había caído en sus manos.

Gabriel recordó cómo empezó todo. Fue en el vuelo 1005 cuando llegó al aeropuerto de Barajas en Madrid. Ella esperaba su vuelo mientras leía y tomaba café. Cuando la vio quedó impactado. Le cautivó ver aquella chica de largos cabellos y gafas redondas color negro. Ella devoraba el libro, él la devoraba con su mirada. Interrumpió su lectura y se presentó. Coincidieron en la ruta, ambos tenían como destino la ciudad de Barcelona. Así la conoció.

Ella había escuchado de Lima y del Callao. Sabía que sus antepasados habían conquistado parte del continente americano. Sabía que Lima era una ciudad grande y que Callao era un puerto principal de Sudamérica.

Le habían hablado de Machu Picchu y del gran imperio incaico. Sin embargo, pensaba que Moctezuma era un inca. Gabriel le explicó que Moctezuma fue el gran jefe del imperio azteca conquistado por Hernán Cortés y que los incas fueron diferentes a los aztecas y mayas. Esa charla la fascinó no solamente en el aeropuerto de Barajas sino que continuó en el avión que los trasladó a Barcelona.

En Cataluña llegaron a ser buenos amigos. Al principio la visitaba de vez en cuando, luego casi todos los días. Siempre había una consulta por hacer o un problema por resolver. Gabriel aprendió que los hombres son personas comunes y corrientes que no importa el lugar dónde estén o lo que hagan, siempre serán personas con necesidades y con sentimientos que compartir. Descubrió también que la felicidad es posible cuando se encuentra a la persona idónea, que los hechos fortuitos son reales y que la sinceridad es importante en las relaciones interpersonales.

Cuando terminó de fumar su cigarrillo, salió del embarcadero y mientras caminaba, unas delgadas lágrimas recorrían sus mejillas. Se volvió, miró al mar y fijando su vista en el horizonte pensó que en algún lugar de Cataluña, ella estaría pidiendo perdón por un delito que no cometió, pero que lo sintió hasta convencerse que la felicidad también tiene otras facetas aún por explorar.

Esa noche, mirando al mar y con la carta en el bolsillo, Gabriel recordó a sor Almudena, aquella mujer que conoció en el aeropuerto de Barajas y que ahora vive recluida en el Convento de Santa Helania
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Escrito en el puerto del Callao, en el 2001.